El impacto de la revolución tecnológica y de los profundos cambios sociales que han estremecido en las últimas décadas al mundo han obligado a todos los gobiernos, sin excepción, a plantearse la problemática del papel que juegan la ciencia y la tecnología en sus respectivas sociedades.
Vivimos una época que asombra por sus logros en la conquista del espacio, por sus avances en el dominio y el uso de los recursos naturales, por las espectaculares técnicas para mejorar y prolongar la salud del hombre, por el maravilloso crecer en los conocimientos más íntimos de la personalidad humana y de su actividad en los medios en que convive.
En esta esfera de acción y a través de una complejísima gama de niveles y especialidades hay quienes impulsan sus actitudes movidos por la ciencia misma. Olvidados del hombre y de la circunstancia trágica que lo rodea, buscan incrementar conocimientos y tecnologías no teniendo en cuenta que todo ello es sólo un instrumento al servicio del hombre y que debe ser utilizado en aras de su liberación.
Hay también quienes no escatiman esfuerzos en manipular e instrumentar esa gigantesca masa pensante en beneficio de intereses sectoriales y en perjuicio de muchos. En estas manos la ciencia y la tecnología sustituyen hoy a las armas que a través de los tiempos servirán para dominar y esclavizar a los pueblos. Son más sutiles, más seductoras y menos agresivas que ellas, pero mil veces más mortíferas y opresoras.
Baste recordar que algunas superpotencias pueden ahora prever, mediante satélites, la producción aproximada d e cosechas de determina das regiones, el estado bioproductivo de mares, ríos y florestas, la extensión y riqueza de los recursos mineros. Con estos datos puede manejarse la economía y el destino de los pueblos y se está a un paso de obtener el monopolio de las comunicaciones y del manejo a discreción de no pocos fenómenos meteorológicos y climáticos.
Más aún, recientes avances de las ciencias antropológicas, de la psicología y de la sociología, permiten a ciertos sectores inescrupulosos de la sociedad internacional explorar, bajo el disfraz científico, las conductas y vivencias de los pueblos, para prever sus reacciones, debilidades y valores y hallar los medios idóneos para sojuzgarlos o utilizarlos en propio beneficio.
Por último, hay quienes siendo amantes de la ciencia viven con conciencia y plenamente el mandato bíblico: «La verdad os hará libres». Buscan a ésta y subordinan, condicionan y orientan todo su esfuerzo en la investigación en aras de la liberación de su pueblo.
Es bajo este criterio que nuestro gobierno encarará la implementación de un sistema científico-técnico nacional que estará al servicio de la dignidad del hombre argentino y que aceleradamente contribuirá a su libertad y a la de sus hermanos latinoamericanos.
América Latina importa anualmente una tecnología cuyo costo está cercano a los 700 millones de dólares y más del 90 por ciento de los recursos técnicos que se utilizan en el continente provienen del exterior. Nuestro país, que apenas invierte en la investigación la mitad de lo que gasta por año e n adquirir marcas, patentes y licencias, no ha calculado jamás en cifras lo que exporta en el mismo lapso en inteligencia, capacidad productiva formada con ingentes esfuerzos y por la que no obtiene retribución alguna. Baste señalar que los Estados Unidos reciben de América Latina 300 médicos por año. Para formarlos, el país del Norte debería invertir 60 millones de dólares e n tres centros médicos y destinar 15 millones de dólares al año para mantenerlos.
Tampoco se ha analizado ni calculado debida mente el valor de las exportaciones periódicas de datos y resultados científicos obtenidos a un altísimo costo, los que no han redituado al país por su escaso o nulo aprovechamiento local y si, una vez en el exterior, han beneficiado a escasas superpotencias, quienes con información gratuita elaboran nuevas metodologías y técnicas que venden luego a elevados precios. En síntesis, la Argentina participa de una situación en la que los pueblos en vías de desarrollo contribuyen con sus esfuerzos a acrecentar el poderío de grandes naciones cuyo crecimiento oprime y aumenta el subdesarrollo de aquéllos.
Mientras en Estados Unidos dedican a la investigación un 3 del producto bruto interno, en la Argentina se destina apenas un 0,28 %, y en comparación con otros países la Argentina ocupa un vigesimosexto lugar seguido por Grecia y por España.
Nuestra tasa de investigador por habitante es una de las más bajas: 0,5 por mil. En cambio, la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas tiene 3 científicos por cada mil habitantes y el Reino Unido 6 por mil.
Pese a todo ello, los esfuerzos denodados e individuales de investigadores y técnicos durante más de tres décadas, ofrecen como resultado un cimiento sólido sobre el cual debe construirse con celeridad el sistema nacional de ciencia y técnica requerido por los sectores económicos, sociales y culturales.
Esta exigencia implica el impulso a todo aquello que permita alcanzar un alto nivel de capacitación e innovación de tecnología, potencialmente transferible al área industrial y económica. Supone asimismo, el estímulo de núcleos de investigación básica con miras a la formación de grupos de investigación aplicada, altamente preparados para analizar y ofrecer soluciones a los problemas fundamentales que afectan a sectores importantes del quehacer de la comunidad.
Con esto, queremos afirmar que es erróneo pensar que el país debe dejar de lado la investigación básica y dedicar su esfuerzo a la aplicada (tecnológica y de desarrollo), porque ello sería renunciar conscientemente, a nuestra vocación de Nación independiente ya que a nadie se le escapa que dejar en manos de las superpotencias y de los monopolios la investigación básica es aceptar una situación de permanente dependencia. En nuestro concepto hay sólo una división de la investigación que debe interesar al país: aquella que tiene nivel académico y la que no la tiene.
En esta tarea se procurará evitar distorsiones y a la vez dar solución a las existentes. Un sistema así orientado postulará medidas conducentes para evitar el éxodo de cerebros procurando - en casos convenientes- el retorno al país de aquellos que salieron obligados por circunstancias adversas.
El apoyo al campo de las humanidades es esencial como derrotero espiritual y político, destinado a ofrecer la imagen del país que se pretende configurar de manera definitiva. La expresión de lo propio y nativo, dentro de la órbita de la filosofía de la literatura y de las artes, contrarrestará esa vituperable actitud de dependencia cultural en que se halla, en parte, sumida la Nación por quienes deliberadamente la han llevado a ese destino. Las investigaciones psicológicas, sociológicas e históricas justifica rán, a través del rigor científico, el legítimo y fundamental sentido nacional con que la ciencia puede contribuir al progreso del país.
En materia que toca a las ciencias de la educación, corresponderá realizar evaluaciones debidamente organizadas para mejorar la orientación de la enseñanza sobre la base de nuevos postulados. Habrá llegado así el momento para la ciencia en nuestra Patria, de transitar los caminos de la creación que en el terreno concreto de las realizaciones políticas, nuestro Pueblo hace casi treinta años viene recorriendo.
Decimos aquí, con toda claridad y decisión, que cuando un Pueblo toma su destino en manos propias para producir las profundas transformaciones que impone toda revolución trascendente, todas las actividades y también la científica, deben tener como objetivo ese quehacer trascendental. Si así ocurre, se abrirán las puertas de un acontecer creador sin el cual toda ciencia se vería reducida al pobre y simple manejo instrumental de unas cuantas técnicas, de unos cuantos conceptos.
Cuando un pueblo está haciendo una revolución; cuando las dos terceras partes de la Humanidad están participando de esta inmensa gesta en, pos de la dignidad del hombre, todo aparece inestable, todo es relativo, y mucho más la ciencia.
¿O es que acaso no vemos a diario cómo nuestros enemigos, que con los mismos que tienen toldos los pueblos del mundo que hoy luchan por liberarse, cambian a diario sus criterios científicos, sus ideologías y aun sus normas morales para seguir justificando una injusta dominación?
¿O es que acaso no hemos padecido los intentos de atar todo nuestro esfuerzo científico y técnico a las necesidades de un imperio, olvidando las reales necesidades de un pueblo que, como el nuestro, ha sido capaz de los más grandes sacrificios pidiendo muy poco a cambio?
Frente a este acontecer que todos conocemos de sobra, se impone un criterio audaz y creador que rija el trabajo de investigación científica en nuestra Patria libre de toda (atadura extranacional y entendido como un servicio al pueblo dispuesto a quebrar todo cuanto se oponga a su destino de grandeza.
No habremos de improvisar en el terreno de la investigación, pero tampoco hemos de caer en la simple e intrascendente repetición de experiencias que no nos pertenecen. Que no corresponden con nuestro Pueblo ni con nuestra Historia.
Uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo es la injusticia que importa el actual desequilibrio de todo tipo de recursos en la situación mundial. Una de las consecuencias de ese desequilibrio es la dependencia en variadas formas respecto de las superpotencias. El ámbito del saber, la ciencia y la técnica no son ajenas a esa inferiorización. Antes bien, son el escenario de uno de los modos más sutiles y malignos: la dependencia cultural. Por eso, sin perjuicio de aprovechar con honrado pragmatismo las diversas formas de cooperación internacional y todos aquellos intercambios que sean verdaderamente interesantes, debemos impedir que con el pretexto de ayuda, cooperación o intercambio en proyectos o investigaciones, se introduzcan instrumentos de penetración neocolonial o se nos infieran mimetismos propios de las sucursales de las superpotencias.
Pero frente a la fácil tentación de reproducir en la Argentina un mero crecimiento y acumulación de bienes, una sociedad de concupiscencia y consumo, debemos recordar que el desarrollo, cuando lo es realmente, constituye un proceso dirigido por el hombre hacia la promoción humana integral, una empresa colectiva de sacrificio solidario, imaginación creadora y justicia social destinada a que el hombre no sólo tenga más, sino que sea más.
En el análisis que estamos efectuando no debe omitirse la importancia de los objetivos y conclusiones que la investigación y desarrollo de nuestras Fuerzas Armadas han alcanzado en las recientes décadas. Pioneros en el petróleo, en el campo espacial, atómico y siderúrgico entre otros, destacadas figuras castrenses honraron el uniforme con la ciencia y supieron en su momento, hermanados con los sectores civiles especializados, contribuir al crecimiento vernáculo.
Toda referencia a un sistema nacional de ciencia y tecnología, debe incluir, por lógica consecuencia, un impulso a las investigaciones íntimamente vinculadas a la seguridad nacional.
La presencia de la Nación Argentina en el mundo científico-técnico internacional procurará entregar una imagen de un país evolucionado que realiza tareas de investigación y de desarrollo de alta jerarquía, integradas en una política coherente de alto contenido social y nacional.
Por ello, las decisiones ya expuestas en lo que respecta a la política tecnológica internacional y por ello también la afirmación del deseo argentino d e participar en los adelantos y planes científico-técnicos internacionales. Pero esto significa además mantener y cuidar en forma permanente, su independencia y libertad de opción a fin de asegurarse que esa participación responda a los auténticos intereses del pueblo. La Nación Argentina no financiará ni subsidiará en el futuro a la ciencia de las grandes potencias disfrazadas de cientificismo internacional.
En este terreno ha llegado la hora en que los esfuerzos de los hermanos latinoamericanos se estrechen y, aunándose con otros sectores del Tercer Mundo, produzcan planes, programas e investigaciones que contribuyan a superar toda índole de opresiones e injusticias. De ahora en adelante y desde el gobierno a nuestro cargo se estimulará a todos los núcleos de investigación que quieran lanzarse a la tarea de desentrañar y hallar solución a las grandes problemáticas de la Nación. No habrá distinciones ni postergaciones o discriminaciones. Sólo se exigirá ciencia, patriotismo y una profunda toma de conciencia en torno a la situación socio-político económica que nos aflige y rodea.
No podrá desarrollarse la tecnología sin investigación aplicada. Para su desarrollo y expansión, ésta requiere una sólida estructura de investigación básica. Nos urgen los grandes problemas de salud: el mal de Chagas, el mal de los rastrojos, las hidatidosis, la tuberculosis, las enfermedades de la infancia, las mentales, las de la senectud.
Nos convocan los urgentes problemas de la tecnología agropecuaria, pesquera, forestal y de la industria de alimentos, la tecnología y prospección mineras, la tecnología electrónica, de la vivienda, química, petroquímica, farmacéutica y muchas más. Desarrollarlas es imperativo y en la tarea se intentará volcar todo el esfuerzo y todos los medios posibles.
Pero no hemos de olvidar tampoco que, frente al inarmónico despliegue de elementos tecnológicos que han llegado al extremo de poner en peligro a la especie humana, a causa d e la destrucción acelerada del medio ambiente, cobra cuerpo con asombrosa claridad cuál es el gran problema que deberán enfrentar las sociedades del mañana, y por tanto también la nuestra.
Junto con el General Perón decimos que “el ser humano ya no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado” y apuntamos a la posibilidad de separar la acción del hombre de los efectos que esta acción produce.
La ecología, pues de eso se trata, tiene como objeto de estudio una “totalidad” mayor que la de ninguna disciplina científica.
A la ciencia del mundo que está naciendo, le corresponde la misión de salvar para el futuro todo aquello que todavía no h a sido perjudicado y, más aún, reconstruir lo que una tecnología desprovista de sentido humanista ha destruido.
Los pueblos de América Latina, hermanados en una común cultura, hablando una misma lengua y rezando a un mismo Dios, tienen en sus manos l a responsabilidad de impedir en forma integrada y mancomunada que esta parte privilegiada del planeta sea devastada en forma irreversible.
Para los grandes hombres se han hecho las grandes tareas. Jamás la ciencia enfrentó un problema de dimensiones tales como el que plantea l a empresa d e reconstruir y preservar lo que la misma ciencia amenaza con destruir. Estamos convencidos que así lo entenderán los científicos con auténtica pasión nacional y latinoamericana.
Frente a la creciente dependencia, la adaptación, creación y asimilación d e nuevas técnicas deberán colocarse en el primer plano de una política de desarrollo las pautas relacionadas con la información. De ella se recogerá la experiencia tecnológica acumulada en todas partes para ponerla al alcance de los agentes potencialmente interesados, transformándose en una de las funciones d e acción más urgentes y prioritarias en una Nación que se encamine a la liberación. Porque ella no es posible si no se posee total capacidad de decisión y ésta, a su vez, no puede ejercitarse si no se basa en información producida fundamentalmente en el país.
Es preciso asimismo discriminar cuidadosa mente con respecto al control efectivo de las transferencias tecnológicas, impidiendo que bajo el prestigioso nombre de la tecnología se introduzca una deleznable mercadería, subproducto de la sociedad de consumo artificialmente
encarecida. Es importante advertir el fraude que las empresas multinacionales cometen con los países dependientes, siendo notorios los contratos de transferencia tecnológica que dicen celebrar la matriz extranjera y la subsidiaria del país. Ello implica un encarecimiento deliberado de la producción de la subsidiaria y un empobrecimiento del país que la tolera.
De lo expuesto se infiere, que se impone un celoso análisis de estos aspectos del tráfico tecnológico, cuyos abusos facilitan este verdadero escándalo del mundo contemporáneo: el financiamiento a costa de los oprimidos del formidable avance tecnológico de los opresores.
Toda la ímproba tarea que supone alcanzar los objetivos señalados no podrá realizarse si no se unifica la planificación y el control de gestión en una sola conducción para evitar, como ha ocurrido hasta ahora, que marchen divorciados y a veces contrapuestos: pero se ha de respetar y propugnar una ejecución descentralizada que aproveche la iniciativa de nuestros dirigentes y de los hombres de ciencia y tienda a un desarrollo armónico de las distintas disciplinas y regiones del país. Porque pretender regimentar el desarrollo de la creatividad, especialmente en las ciencias sociales, humanísticas y políticas significa aceptar el riesgo de imponer un sistema de unificación ideológica que niega valores esenciales de la dignidad de la persona humana. Sin embargo, un sólo interés
deberá tener presente esa creatividad respetada: la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación. Para que estos objetivos puedan cumplimentarse el Poder Ejecutivo propondrá la creación del Ministerio de Ciencia y Técnica.
En síntesis, el desarrollo científico-tecnológico nacional no puede realizarse sin una activa participación de todos los sectores, particularmente los jóvenes, quienes con profunda conciencia nacional han de contribuir con su esfuerzo a que la ciencia y la tecnología argentinas contribuyan al cambio liberador y no a la adecuación del hombre a la servidumbre de las estructuras.